DANZA | Crítica sobre la performance- instalación «Tránsito»

Luciana: transitando ando

Narración y crítica  sobre la performance- instalación «Tránsito» de Luciana Díaz y Dario Lima.

Escrita por Sofía Sartorio

En la sala grande de Gen Centro de Arte y Ciencias el 3 de agosto nos encontrábamos Darío y yo, Luciana. La sala estaba llena, los cuerpos apretados, sentados sobre el lado izquierdo. Algunos estaban en las sillas que habíamos planificado para el público y los entusiastas, en el suelo.

La sala estaba como la habíamos imaginado: el piso blanco, y la instalación perfecta. Una obra sincrónica. Tres paneles de acrílico estaban colgando, la bola con su estilo caleidoscópico perfecto, y la gran mesa mágica desplegable creadora de tantas imágenes. Yo estaba feliz.

La gente expectante y yo entusiasmada porque comenzara. No sé si se esperarían mi rol pero allí estaba, sentada esperando que Darío estuviera listo para poder darle tránsito a ese cuerpo.

Apagué las luces y el silencio irrumpió en la sala. Darío entró, con su temple de siempre, caminando tranquilo pero misteriosos. Sus rulos guardaban la luz, una linterna colocada en su cabeza iluminaba toda la sala, la única fuente de luz poderosa que reflejaba todo el misterio de la instalación, su cuerpo y los cuerpos sentados e impactados con ese gran comienzo. Se formaron miles, cientos de imágenes por segundos que podían ser miles y cientos de metáforas o simplemente el disfrute de la instalación y el cuerpo en escena. Darío estaba sostenido por una cuerda atada a una pared. La cuerda era el primer objeto en tránsito. El primer objeto que le haría de obstáculo pero al mismo tiempo de sostén para poder desplegar su cuerpo por todo el salón.

La cadencia en sus movimientos lo llevaron a la explosión del cuerpo, comenzó a moverse con una flexibilidad y un dominio de la técnica impactante. Tal como el programa lo dice: ¨ una composición construida por la transformación escenográfica que es habitada por el lenguaje físico de la danza y la acrobacia¨, un circo contemporáneo.
Me encontraba plena, feliz y expectante por la creación que habíamos logrado. Mucha gente participó del proyecto y todo el trabajo se veía reflejado. Desde cómo pensamos los programas, la textura del papel, el palillo que sujetaba el sobre para que al final la gente dejara su voluntad, hasta cada paso que dimos para ganar el Fondo Concursable. Tuve una sonrisa pícara, gozosa, durante toda la función.

El arte plástico se veía minuciosamente en cada parte de la instalación, cada parte de la escenografía estaba pensada en función de la performance, a favor del cuerpo, a favor de la acrobacia y a favor de facilitar un momento místico. El espacio tenía un equilibrio perfecto, y el tiempo escénico fue especial para mantener la atención de todos los que estaban alerta con sus sentidos allí sentados.

Darío siguió en tránsito, y yo era el tránsito, le coloqué cada objeto por el que él debería transitar e iluminaba cada parte de la instalación que quería que el público viera. En cierto punto yo era el control y manejaba la seguridad de la performance; mientras que Darío jugaba con el desequilibrio, la técnica, pero internamente la absolutamente concentración y el control corporal. Él era el riesgo, lo estable pero lo cambiante o cíclico. En definitiva, de lo que se trata la vida misma, de transitar y dejarse llevar por los caminos inesperados que se nos presentan constantemente.

Encendí luces y jugamos con ellas. El desplegó todo su cuerpo por la sala, su danza y sus acrobacias iban de mayor a menor en cuanto a dificultad, técnica y calidad de movimiento. Todo aumentaba hasta la expectativa de los que estaban sentados. Luego encendí la bola, el caleidoscopio para algunos, el sistema solar para otros, aquello que anhelamos o simplemente una parte de la instalación que se iluminó y dejó grandes imágenes y sensaciones. La bola iluminada subió, bajó, se movió como un péndulo, su intensidad lumínica aumentó y disminuyó hasta que se prendió del todo y la sala quedó nuevamente iluminada pero con otras dimensiones.

Darío que había dado el lugar para que esto ocurriera estando en silencio pero no en pausa, comenzó nuevamente a transitar. Colocamos un nuevo objeto, la gran mesa, que luego sería gusano, puente, o simplemente una mesa que se desplegará para formar varias imágenes y sensaciones. Darío bailó con todo su cuerpo, y yo no paraba de mirarlo sabiendo que él, al igual que yo estaba disfrutando enteramente de su danza y su
acrobacia. Recorrió el piso, el aire, los huecos, utilizó la mesa a su favor y como resistencia, se dejó atrapar, se dejó descansar en ella, pero también la atacó. Un cuerpo realmente activo, que no dejaba de causar sorpresa y yo no podía parar de mirarlo. Creo que nunca miré al público.

Luego llegaron los paneles, los protagonistas de la altura, los subimos y bajamos varias veces pero al final los dejamos al ras del suelo. Estaban colocados de manera que parecieran estar superpuestos pero la distancia entre ellos era tal que no lo estaban. Nuevamente prendí y apagué las luces, los paneles se convirtieron en agua, en espejos, en ondas, en movimiento o simplemente en paneles que Darío recorría con su mirada y se iluminaban y generaban grandes imágenes y sensaciones.
Mientras todo ocurría me dejé inundar por el momento. Lo viví nerviosa queriendo que la sincronía fuera esencial, porque en definitiva yo era el tránsito y tenía que presentarme como tal. La instalación requería de mí. Transité el espacio, fui colocando cada parte de la instalación, toqué cada botón de luz y bajé y subí cada cuerda con plenitud. Fue una decisión muy audaz que en escena hubieran dos y no una sola persona, por más que Darío era el protagonista, yo formaba parte de su tránsito, era su tránsito.
Entraron en tránsito varios tubos de luces led, jugamos con ellos un rato largo, se prendían y apagaban. Darío, un cuerpo ya transitado por él mismo, transitado por el cansancio, por el goce de la danza y la acrobacia, un cuerpo caliente, un cuerpo en alerta transitó por esas líneas que formaban los tubos de luz, y la regla del juego era no tocar los tubos. Esos tubos de luz como las reglas de la vida, la ley, el respeto por las normas de tránsito, el respeto por un otro, o simplemente tres tubos de luz que se prendían y apagaban con los que Darío con sus acrobacias jugaba entre ellos.

La linterna, el último objeto en tránsito, y la performance- instalación fue circular. Ya llegaba el final y yo me encontraba muy feliz. Tenía que estar atenta a apagar las luces, y a darle un gran abrazo a mi pareja. Llegó el apagón, aplausos, fui caminando a darle la mano a Darío, le di un beso y corriendo entró nuestro hijo, saludamos en familia.

 

 

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